martes, 20 de octubre de 2015


–Buenas tardes señor García, sentimos molestarle de nuevo…– Mario saludó amable así el esposo de la primera víctima abrió la puerta de su casa
–¿Ya han detenido a ese desgraciado de Urquijo?– expresó acelerado mirando sumamente interesado a Mario y a su compañera
–Señor García, él no mató a su esposa; ya se lo hemos dicho más de una vez– le  contestó calmado –¡¡Pues si no fue él sería esa descarada de su esposa ¿lo han investigado?!! ¡¡Hagan algo de una vez!!– exclamó lleno de ira
–Lo que hay que oír, joder– murmuró fastidiada Rosa, Mario le golpeó disimuladamente en el codo para que callara
–Ya lo hemos hecho señor García y ninguno de los dos es responsable de su pérdida, lo lamento– le habló amable Mario
 –Me arrebataron lo más grande de mi vida y ustedes no están haciendo nada ¿no lo comprenden?– sollozó afligido conmoviendo a ambos policías– Sara era lo más importante de mi vida… y ahora lo más insufrible; me dejó tan herido con su traición, que ahora no puedo ver a mi pequeña Carol sin pensar si será mía o de ese desgraciado y eso me desespera– expuso abatido, ambos policías se miraron entristecidos
–Eso tiene solución: hágase la prueba de paternidad y acabe con esas dudas– replicó Rosa, el hombre la miró confundido
–Lo sé… pero tengo terror a que el resultado sea lo que tanto temo; y mi pequeña es toda mi vida y lo único que me queda de mi Sara– volvió a sollozar afligido
–Señor García ¿quiere mi consejo?– habló amable Mario posando amistoso su mano en el hombro del hombre que lo miró interesado– olvídese de todo eso y viva feliz con su pequeña; mírela como lo que es: su hija; porque padre no es quien engendra señor García, padre es quien está al lado de su hijo cuidándolo cuando está enfermo, vigilando que debajo de la cama no haya monstruos y le lea cuentos antes de dormir; eso es un padre y usted lo es de la pequeña Carol– el hombre le sonrió satisfecho –¿Usted es padre?– interrogó más animado
–No, aún no; pero mi esposa y yo estamos en ello– ambos se sonrieron amistosos
–¿En qué puedo ayudarles?– se ofreció más relajado
 –Nos hemos dado cuenta que su esposa tenía sobre la mesita de café un ramo de diez rosas amarillas… ¿se las había mandado usted por un casual?– interrogó interesado Mario, el hombre negó con la cabeza y ambos compañeros se miraron esperanzados– Sé que es algo imposible pero, como a veces después de un trauma así como el que usted pasó hacemos cosas inverosímiles, quisiéramos saber si… ¿no las tendrá aún verdad?- expresó esperanzado
–No, las tiré de inmediato con florero y todo así encontré el papel de celofán de corazones y el lazo rojo en la basura, supuse que eran de su amante y no pude contener la rabia– aclaró lleno de dolor e ira de nuevo; ambos compañeros se miraron alentados
 –¿Ha dicho papel de celofán de corazones y un gran lazo rojo?– instó emocionada Rosa
–Sí ¿Por qué? ¿Acaso es importante?– curioseó al verles las caras de satisfacción
 –¿Y se fijó si había alguna tarjeta entre la basura o el papel tenía algún logo de alguna floristería?– se interesó esperanzado Mario
–No, no la había; por eso supuse que eran de su amante, como ella ya sabía bien quién se las enviaba, no necesitaba mandar tarjeta– expuso mirándolos muy intrigado, ellos se sonrieron complacidos– ¿Qué ocurre con esas flores? ¿Acaso no eran de su amante?– volvió a interrogar
–No señor García, estamos casi convencidos que fue el asesino quien se las envió a su esposa- explicó Rosa y el hombre abrió atónito los ojos.
 De nuevo en comisaría, Rosa se dirigía al despacho de Mario mientras lo observa a través de la cristalera sentado a su mesa; ensimismado y con cara de reflexión releía los informes de los cuatro asesinatos
–Dice Lois que, por ahora lo que nos puede decir, es que son rosas de té salvajes y que el papel celofán es el mismo en los tres casos– le anunció desde la puerta, él levantó la mirada de los informes mirándola extrañado
–¿Y qué coño significa eso de que son salvajes?– indicó confuso
–Que son rosas con espinas, pocas floristerías suelen venderlas, es más habitual que las tengan sin ellas– indicó resuelta
 –Pero de poco nos sirve eso– protestó fastidiado tirando desganado el informe que tenía en sus manos sobre el resto
–¿Qué mirabas tan interesado y ensimismado?– preguntó curiosa señalando con un leve gesto de cabeza las carpetas
 –Algo que dijo el señor García me hizo recapacitar y los estaba releyendo para asegurarme– expuso comedido, su compañera lo observó intrigada– dimos muy rápido por hecho que se trata de un hombre, Valverde; pero, en realidad, nada hace asegurar algo así– ambos se quedaron mirándose guardando silencio– no hay ni un pequeño rastro de semen, ni de espermicida por si la causa fuera que usara condón y las víctimas fueron “violadas” con el mango del cuchillo de caza… pero nada de esto aclara que sea un hombre, bien puede hacerlo también una mujer– indicó sin dejar de mirar a su compañera
–¿Qué tenga la fuerza suficiente para inmovilizarlas?– expresó no muy convencida
 –¿Por qué no? Las hay; mírate tú misma por ejemplo: pocos hombres hay en esta comisaría que te gane a un pulso– aclaró convencido, ella movió la cabeza de un lado a otro demostrando que ella no lo estaba del todo
–Pero no es igual un pulso a estar luchando con otra mujer Mario, porque supongo que las víctimas se defenderían
–Y ahí entra otro detalle que me hace sospechar…– repuso contundente señalándola firme con su dedo índice– todo esta ordenado Rosa, no hay signos de lucha ni destrozos en el apartamento; todo está impoluto
 –¿Estás pensando en si la víctima lo conocerá y estuviera relajada con ella?– interrogó curiosa
 –O eso o que se toma su tiempo en limpiarlo y ordenarlo muy bien todo después; eso significaría que estamos ante una persona muy fría y metódica– explicó y ambos volvieron a mirarse a los ojos
-Eso ya lo sospechábamos pues se toma su tiempo en seguirlas y saber todo lo que hacen ¿no? Además ¿Ya solo por eso piensas que puede ser una mujer? Tienes que ver mi apartamento colega: siempre parece que pasó un tornado y hay cosas que se mueven solas, yo ya no miro lo que hay dentro por si acaso, y se me olvida tan a menudo sacar la basura que a veces parece que tengo un muerto por allí olvidado– bromeó chistosa y él rió divertido– sin embargo está mi hermano que, chico, aquello es el orden y la pulcritud en persona, no parecemos criados por los mismos padres; eso no tiene nada que ver Mario– le aclaró amistosa, él se recostó desalentado en su sillón
 –Bueno, sea como sea: hoy no podemos hacer nada más hasta ver si Lois consigue algo de los ramos; así que me voy a casa– resolvió desencantado levantándose de su sillón y colocándose la chaqueta
–Mario…– le habló su compañera y él la miró curioso– ¿Lo que le has dicho al señor García es cierto? ¿Estáis intentando tener familia tú y Claudia?– investigó curiosa, él asintió con la cabeza sonriendo esperanzado– ¡Joder tío! ¿Estás seguro de lo que vais a hacer? Vuestro matrimonio no es precisamente un ejemplo de armonía– indicó amistosa, él sonrió ameno
–Pero eso cambiará Rosa; seguro que cuando llegue el pequeño, cambiará– aseveró contundente besándola cariñoso en la frente y se fue a los ascensores bajo la atenta mirada de su compañera
–Si tú lo dices– murmuró apesadumbrada y regresó a su mesa.
–¡Ey, que bien que ya hayas llegado!!– lo asombró saludándolo Claudia desde la cocina
 –¿Qué haces ya en casa? ¿No tenías una reunión?– expuso desconcertado dejando sus llaves en el fino cenicero del recibidor; ella se fue aproximando a él mientras sonreía feliz. Él también sonrió complacido al verla tan bonita y tan sexy con aquel precioso picardías azul turquesa que solo se basaba en una delicada chaquetilla de fino encaje y tul atada con una lazada delante y un tanga que poco dejaba para la imaginación
–Quedó anulada: a mi jefe Gabriel lo llamó de urgencia un cliente importante y tuvo que salir de la ciudad; así que aproveché para pasar por ese restaurante tailandés que tanto te gusta y he traído la cena– explicó melosa rodeándole el cuello de Mario con sus brazos, él no dejaba de sonreír dichoso– y también me compre esto solo para ti ¿te gusta?– murmuró mimosa acariciando provocativa sus labios con los de ella
–¡Ah, así que este es solo para mí! ¿Entonces los otros los comparto con alguien?– indicó alertado mirándola desconfiado
–¡Por Dios Mario, no empieces ¿quieres?!– exclamó fastidiada soltándose de su cuello y mirándolo herida– no, no compartes nada con nadie imbécil: los otros los compré porque me gustaron a mí, este lo hice solo pensando en ti ¿satisfecho?– lo miró ofendida y él apretó avergonzado los labios– Yo solo intento seducirte y que podamos tener una noche perfecta y tranquila y tú…tú…
–Y yo soy un idiota que tiene que estropearlo siempre todo– expuso ameno atrapándola por la cintura con sus brazos y acercándola a él– tú no necesitas adornos para excitarme mi amor, solo verte y que estos preciosos ojos azules me miren a mí, ya me vuelvo loco mi vida– indicó amoroso y ella sonrió encantada rodeándole de nuevo el cuello con sus brazos y se besaron apasionados. Mario la elevó en brazos sujetándola por los muslos y ella rodeó rauda sus caderas con sus piernas
–¡Ey espera, me estás clavando la pistola!– se quejó dolorida intentando soltarse pero él la sujetó más fuerte contra su cuerpo
–¿Estás segura que es mi revólver y no otra cosa?– bromeó guasón aunque la elevó un poquito más para esquivar el arma que llevaba sujeta a la cadera y ambos se echaron a reír volviendo a atrapar aquellas bocas que los enloquecían llevándosela sobre el sofá
–Espera Mario ¿no será mejor cenar antes? Son tus platos preferidos y…– propuso animada
–Y seguro que están riquísimos mi vida… pero más deliciosa estás tú y llevas tres días sin dejarme saborearte– expresó al tiempo que sujetaba el lazo de raso del picardías con su boca y se lo deshizo al enderezarse levemente para retirarse la chaqueta y la cartuchera del cinturón; ella rió divertida al abrírsele la leve camisola dejando sus bonitos pechos al descubierto que Mario atrapó deseoso con su boca saboreándolos complacido y continuó el recorrido por aquel cuerpo de ensueño mientras se deshacía raudo de su camiseta incrementando el deseo de Claudia que gemía gustosa a cada roce de sus cálidos labios. Llegado al minúsculo tanga, se lo apartó sin retirársela y hundió su boca en aquel delicioso sexo provocando en ella gemidos de auténtico deleite que fueron acrecentando así su cuerpo se iba colmando de aquel placer maravilloso que estaba llenándole las entrañas deseando estallar en cualquier instante. Mario sin dejar su buen hacer en la entrepierna de Claudia, se desabrochó los vaqueros y se los retiró junto a sus boxers– Ven aquí mi gata salvaje– expuso resuelto tomándola de las caderas cuando ella ya se estremecía ansiosa esperando el gran estallido de sus entrañas y, atrayéndola hacia el reposa brazos del sofá donde posó sus nalgas al tiempo que él se ponía de pie, le retiró el tanga mientras situaba las piernas de Claudia en sus hombros y la penetró impulsivo y poderosamente haciéndola soltar un chillido de auténtico placer que en un par de breves embistes se convirtió en un gemido desatado por el inmenso orgasmo que la sacudió despiadado. Mario, sonriendo complacido al verla gozar, se recostó sobre ella sin perder su anclaje y volvió a atrapar aquellos deliciosos pechos; ella hundió sus dedos en su cabello y le oprimió arrebatada su boca sobre ellos al tiempo que ya gemía deseosa. También ya desquiciado por aquella impaciente locura, Mario la recogió por debajo de los brazos y, dándose media vuelta llevándosela consigo, la apoyó sobre la pared que había a su espalda. Ella se ayudó apoyando sus pies en el reposa brazos del sofá mientras él, sujetándola por los glúteos, la penetraba frenético una y otra vez hasta que Claudia volvió a exhalar gemidos de completo goce
–¡Oh Dios Mario, Dios!– exclamó impetuosa al tiempo que clavaba sus dedos en su espalda en un intento desesperado de expulsar aquella grandeza que recorría inclemente todo su cuerpo de nuevo y él atrapó impulsivo su boca para saborear aquellos deliciosos gemidos de placer que ella emitía. La dejó nuevamente en el suelo y, sin darle tiempo a recomponerse, la volteó penetrándola por detrás y empezó a embestirla sin piedad mientras aprisionaba entre sus manos sus pechos al tiempo que gemía ansioso por alcanzar también aquella grandeza que luchaba frenética por estallar dentro de él. Claudia intentaba contener su ímpetu apoyándose en la pared mientras emitía una serie de gemidos entremezclados de aún restos del goce anterior y de placer renaciendo de nuevo
–Vamos gatita, apúrate que no puedo frenarlo más– le murmuró al oído anhelante de traspasar también aquel maravilloso umbral, Claudia empezó a acariciarse precisa el clítoris para acelerarse mientras que él apremió enardecido aún más sus poderosas acometidas provocando que ella volviera a sacudirse de goce al tiempo que intentaba clavar frenética sus dedos en la pared y chillaba impulsiva. Aquellas leves convulsiones junto a sus gemidos complacidos provocaron que Mario no pudiera reprimirlo más y aquel maravilloso frenesí que se acumulaba en sus entrañas explosionó también descargándose al fin y recorriéndole cada recodo de su cuerpo provocándole intensos gemidos de auténtico deleite. Delirante por tan desposeída e impulsiva descarga, la oprimió apasionado contra su cuerpo al tiempo que Claudia buscaba anhelosa su boca y se entregaron en un fogoso y delicioso beso lleno de placer y complacencia. Mario, sin soltar ni aquella gustosa boca ni aquel excitante cuerpo aun entre sus brazos, se dejó caer de espaldas sobre el sofá llevándosela consigo y provocando en Claudia un grito entremezclado de susto y diversión que hizo reír alegre a Mario
 –Realmente sí estabas ansioso cariño mío– expresó guasona Claudia mirándolo pícara
 –No sabes cuánto gatita, dame cinco minutos y te lo demuestro de nuevo– respondió sonriendo vanidoso y ambos se rieron divertidos; él la miró pletórico de amor- te quiero tanto vida mía- expresó con pasión, ella sonrió gustosa pero desconcertantemente esquivó su mirada
–Entonces será mejor reponer fuerzas antes; voy a buscar algo de…– expuso resuelta intentando levantarse pero él la sujetó fuertemente contra su cuerpo
–Para un poquito quieta ¿quieres? a ver si por fin esto cuaja– indicó esperanzado y ella sonrió mirándolo tierna
–¿Tienes muchos deseos de ese hijo, verdad?– expuso cariñosa acariciándole suavemente la mejilla –Muchos mi cielo ¿acaso tú no?– expresó feliz; Claudia le sonrió enternecida y, sin contestarle tampoco de nuevo, se volvieron a besar más relajados pero igualmente deseosos recostados cómodamente en el sofá.
 –¡Ey, que buena cara traes hoy ¿has dormido bien, no?!– lo saludó a la mañana siguiente su compañera al verlo entrar en la comisaría
–Pues sí, realmente dormí fantástico– respondió sonriendo feliz
–Pues hala, toma para que se te pase la alegría; aquí tienes los resultados de la investigación de los ramos de flores que Lois acaba de enviar– indicó entregándole la carpeta amarilla que tenía en la mano, él la recogió
–¿Algo nuevo que nos pueda servir?– indagó interesado abriéndola y pasándole raudo una visual por encima al informe de dentro
 –No, nada de nada– Mario miró incrédulo a su compañera– no consiguió nada ni del papel celofán ni mucho menos de las flores estropeadas– explicó Rosa
–¿Nada? ¿Ni una mísera huella parcial?– expuso atónito, ella negó suavemente con la cabeza –Únicamente había huellas de las víctimas, ni siquiera un leve rastro de otra aunque fuera del repartidor– aclaró rotunda, él movió las cejas desconcertado
–Eso solo puede decir una cosa…– murmuró expectante revisando de nuevo el expediente dentro de la carpeta
–Sí, eso mismo estaba pensando yo cuando llegaste– resolvió decidida y Mario la miró curioso– eso solo puede significar que es él mismo el que entrega las flores a las víctimas, un repartidor ni usa ni se molestaría en llevar guantes– aclaró resuelta y ambos se sonrieron complacientes, realmente pensaban lo mismo. Se encaminaron hacia el despacho de Mario
–Pues menuda mierda, estamos como estábamos– murmuró descontento mientras se sentaba en su sillón
 –Bueno… igual, igual no– expuso Rosa ocupando la silla enfrente a él que la miró intrigado– según les dijo los padres de la segunda víctima a Fredo y Expósito cuando fueron a recoger el ramo: su hija recibió las flores el día anterior y, aunque ella llamó a sus amistades para agradecérselo a quién se las enviara, no logró averiguar nada; también a Blanca una compañera de la residencia de la víctima número cuatro le comentó que las recibiera el día anterior a su muerte– ambos se quedaron callados observándose fijamente– Ya sabemos que se las envía o entrega la víspera- añadió esperanzada
–¿Y eso de qué nos sirve Rosa?– increpó fastidiado, ella movió decepcionada los hombros y ambos se quedaron callados mirando la pizarra– Y solo queda una semana para el próximo 23… este desgraciado ya tiene en el punto de mira a la próxima víctima y nosotros sin poder hacer nada, solo damos palos de ciego– indicó irritado
–Como no encerremos a todas las rubias de la ciudad veo crudo que logremos salvarla– repuso desolada
–¡¡Eso es!! Podemos probar…– expuso más alentado, su compañera lo miró socarrona
–¿Encerrar todas las rubias entre 20 y 30 años? Creo que el capitán no estará muy de acuerdo con tu idea, pero… ¡¡Allá tú si quieres exponérsela!!– bromeó burlona
–¡¡No idiota!! ¿Y si filtramos en la prensa un perfil de las víctimas avisando a las ciudadanas que llamen si reciben rosas el día anterior?
–¡¡Oh sí, que buena idea Mario!! ¡¡Pero habrá que ponerle un gran titular a la cabecera que diga “señor asesino del cuchillo: usted no lea esto por favor”!!– se volvió a burlar jocosa, él no pudo evitar sonreír ameno
–No mujer; si logramos editarlo el mismo día, él probablemente ya las haya entregado y ya no tendrá remedio– explicó animado
–¡¿Te has vuelto loco o qué te pasa?! ¡¿Tú sabes cuántas mujeres de la ciudad reciben rosas, animal?! ¡¡Se colapsarían las centralitas de llamadas y los compañeros se volverían locos yendo por la ciudad de casa en casa!!– repuso sarcástica su compañera
–¡¡Pero no diremos qué rosas Valverde!! Estaremos solo atentos a los avisos de esas… ¿cómo eran? ¿Rosas de té salvaje?– repuso optimista, realmente la idea le estaba gustando pero su compañera no parecía nada convencida– ¡Algo tenemos que hacer Rosa! ¡O en ocho días colgaremos aquí la fotografía de otra mujer!– gritó enfurecido golpeando con el puño la pizarra
 –¡¡Vale!! Lo que tú digas; propónselo al capitán, pero yo que tú no me haría muchas ilusiones– repuso descorazonada, él salió de su oficina y se dirigió al despacho del capitán seguido de su compañera
Sentado ante su mesa escuchaba atentamente la entusiasmada idea de Mario sin dar muestras de ninguna reacción
–¿Y qué lograríamos con eso, Navarro?– indicó finalmente tranquilamente turbándolos– Solo avisar a ese maldito desgraciado y que cambie todo su modus operandi– reveló sereno
–No si mandamos el comunicado el mismo día 23, capitán; si es como sospechamos, ya las habrá entregado señor– aclaró Mario
–Con avances urgentes cada media hora por televisión y radio… ¡Alguna vez tendrá que oírlo, vamos digo yo!– indicó su compañera
–Y él también ¿lo habíais pensado?– comentó apesadumbrado el capitán
 –Puede, pero al menos no se atreverá a hacerlo y será una víctima menos en nuestra pizarra– le animó Mario, él resopló vencido
–¿Te das cuenta que será la única oportunidad que tendremos de cogerlo verdad? Después él estará ya alerta y no volverá a actuar de igual manera nunca más– expuso preocupado mirándolos intensamente y muy serio a los ojos, pero ninguno contestó manteniéndole la mirada y él resopló sonoramente– Pero, qué le vamos a hacer… estamos con las manos atadas y no tenemos nada más; probemos a ver qué conseguimos– resolvió más animado y Mario y Rosa se sonrieron complacidos por la confirmación de su capitán.

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